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Chicas en Tegus

Corresponsal de Casa
NPH Honduras

Chicas en Tegus
Chicas en Tegus
Tegucigalpa es el hogar de mucha gente cálida y hermosa. Pero nunca aparecerá en las listas de las ciudades más bellas del mundo. Es sucia, ruidosa y en un eterno estado de deterioro. Algunas partes son de absoluto peligro. Un extraño catálogo de olores se percibe a cada paso, una mezcla bizarra de puestos de comida, fruta podrida, escapes de gas de autobuses y un misterioso y omnipresente olor parecido a nogal ahumado y aguas residuales. Los vendedores se piñan en las estrechas banquetas, pregonando desde pasta dental hasta antenas de televisión, creando un laberinto de desorden. Gente de la calle pidiendo limosna. Niños sucios y descalzos deambulan solos entre el congestionamiento, aparentemente a cargo de su propio destino. Navegar en las rotas y atestadas banquetas es un proceso deliberado no compatible con ninguna ensoñación de ninguna especie. El constante coro de caos irrumpe hasta en el más breve pensamiento.

Conclusión: Tegus, como le llaman, no es mi lugar favorito para estar. Pero aún frecuento la ciudad porque es a donde debo ir para comunicarme con el mundo exterior, una gran parte de mi trabajo aquí. Algunas veces se necesita mucho convencimiento mental para despojarme de la tranquilidad del rancho.

Este claramente no iba a ser el caso con las chicas Chicas, nuestras niñas de 7 a 12 años. Cuando anunciamos que el sábado llevaríamos a su grupo a la ciudad, ustedes habrían pensado que las pusimos en un cohete hacia la luna. Así estaban de emocionadas. Esta ciudad, a sólo 35 kilómetros de distancia, era un destino igual de distante para ellas.

El objetivo de esta excursión era simple: introducir a las niñas a las realidades de la vida fuera del Rancho y que dieran una ojeada su ciudad capital. Así que empacamos a 15 chicas en nuestro ruidoso busito y bajamos la montaña. El asiento trasero sonaba en una unificada canción que ahogaba los tosidos de nuestro gastado motor. El aire estaba eléctrico, cargado con la ilusión e imaginación de mentes jóvenes y optimistas.

Entonces Sister Kolbe aumentó el entusiasmo al dar la noticia de que cada niña recibiría cinco lempiras (unos 33 centavos de dólar) para gastar en la ciudad. Ellas estallaron en chillidos unánimes. Para cuando estuvimos a mitad del camino, una de las niñas me dijo un secreto - habían decidido juntar su dinero. Entre todas, dijeron con orgullo, tenían 25 lempiras para comprar algo bonito que todas pudieran compartir. Las prácticas mentes adultas en el grupo acabaron con ese plan, anticipando los problemas que eso ocasionaría posteriormente. Pero la idea era noble e indicativa de cómo la mayoría de nuestros niños piensan hacia afuera de ellos mismos cuando se presenta la ocasión.

Pronto estacionamos la traga-gasolina en un estacionamiento del centro y un grupo de niñas de azorados ojos salió en tropel hacia la ciudad, todas tomadas de las mano. Nos abrimos paso entre la multitud como una oruga humana, arrastradas por una monja vestida con hábito. Era todo un espectáculo y los peatones nos dirigían miradas comunicándonos emociones desde fastido hasta admiración. Circulamos por los edificios y monumentos más importantes de la ciudad y destacamos algo de su historia. Y a diferencia de otros grupos que he visto o de los que he sido parte, estas niñas realmente escucharon.

Nos sumergimos dentro y fuera de las tiendas, revisando los precios de las cosas que usamos diariamente en el Rancho - ropa interior, aceite de cocina, balones de fútbol. Tratamos de que adivinaran algunos precios, pero ellas no tenían la menor idea de cómo comenzar. Es la misma vieja lección que los padres de todas las generaciones luchan por hacer entender a sus hijos: el dinero no crece en los árboles y se necesita mucho para mantener a la familia - especialmente una familia de 600 niños.

Y así que, armadas con este nuevo sentido de responsabilidad fiscal, las chicas calcularon cómo gastar su dinero. La comparación entre comprar en tiendas o con los vendedores de la calle. Se apiñaban sobre las compras pendientes. Era como ver a unos recién casados compar su primera casa. Ninguna decisión se tomó con ligereza. Pero las niñas pronto descubrieron que aún con cinco lempiras, sus opicones eran muy limitadas. La mayoría terminó comprando dulces.

Aunque ellas cargaban esos dulces como si fuera un paquete lleno de monedas de oro. Entonces vi desvanecerse sus orgullosas sonrisas a medida de que nos acercábamos a la siguiente parada de nuestro recorrido, una iglesia histórica en el primer cuadro de la ciudad, donde toda una línea de indigentes habían montado un campamento. Estas mismas niñas, que se habían precoupado y agonizado sobre cómo gastar lo más cuidadosamente sus cinco lempiras, regalaron su preciado lote a esos extraños de la calle. No lo pensaron dos veces. Esto le ayudará si tiene hambre, dijo una de ellas a un anciano de apariencia frágil que vestía una camisa rota.

Continuamos nuestro recorrido por el Centro y traté de verlo desde los ojos de las niñas. Para mí, exprofesional agotada, Tegucigalpa fue un ejemplo más de caos metropolitano. Nada para emocionarse. Aunque para las chicas este lugar era un arca de estimulación visual - estallando con vistas y sonidos extraños. Hileras de televisiones sintonizadas con el mismo video musical, comida rápida y alta moda en abundancia. Cada vista revelaba la felicidad prometida de cosas materiales, contrastada agudamente por el desencanto que sigue al perderlas. Era, desde su perspectiva, mucho para un solo día.

Terminamos la tarde con las mejores baleadas del mundo, de mi puesto favorito de comida - una ganga de tres Lempiras la pieza y probablemente mi cosa favorita de Tegus. De regreso al rancho, muchas de las chicas se quedaron dormidas - llenas y exhaustas.

Más tarde esa noche, tuve un raro momento de quietud con una de las niñas. Le pregunté sobre sus impresiones del día. ¡Qué ricas baleadas! fue su primer comentario.

La ciudad, le dije. ¿Qué pensaste de Tegucigalpa? ¿Te gustaría vivir allí? Se sentó quieta y pensativa. Después de un momento, volteó hacia arriba y respondió. No, dijo. Hay mucha tristeza allí. Sí. Estuve de acuerdo.

Los niños de Rancho Santa Fe están un tanto protegidos de las duras realidades del mundo, pero quizá eso no es malo. También son bendecidos con la fe y la comprensión que vienen de formar parte de una familia grande y feliz. Las otras lecciones de la vida vendrán muy pronto. Mientras tanto, nuestros niños siempre tendrán un lujo que el dinero no puede comprar --permiso para disfrutar de ser solamente un niño.


 


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